Religión

Autoridades

Los sacerdotes muiscas, llamados chyquy (jeques) se educan durante 12 años en “Los Cucas”, lugares de transmisión del conocimiento orientado y dirigido por los ancianos que enseñan de boca a oído (tradición oral). Son los responsables de dirigir las ceremonias y rituales desde la ancestralidad.

Los soberanos muiscas son descendientes de divinidades cósmicas, del lugar conocido como Cinturón de Orión. El Zaque (o sacerdote) representaba a Sua (el Sol), y el Zipa (regente civil), a Chía (la Luna) son respetados como autoridades tanto espirituales como civiles hasta la actualidad, y no se les veneraba como lo afirman las crónicas, sino que se les tiene sumo respeto por la sabiduría y la autoridad que es dada por sus gentes.

Dicen los relatos de los cronistas que ejercían un poder temporal; sin embargo, el protocolo estaba basado en la espiritualidad. «¡Desgraciado el individuo que osase mirar, cara a cara, a una autoridad!», un temor supersticioso impedía a los muiscas cometer tal delito, que a sus ojos hubiese podido trastornar el orden del mundo.»

En cambio, las autoridades, en la antigüedad, eran educadas durante seis o siete años de reclusión monástica, para aprender los usos y costumbres de la gobernanza y la gobernabilidad de su pueblo, dentro de un territorio; en el caso de los espirituales, era necesario que pudieran adquirir la sabiduría mística en la que debía basarse su guía y enseñanza. Los chyquy aún contribuyen inculcando al pueblo las tradiciones, valores y ordenanzas sobre la relación con el Todo en la naturaleza, de acuerdo a los orígenes divinos u ordenanzas.


Los tunjos son objetos elaborados para ser ofrendados a los espíritus, asociados a peticiones hechas por los individuos a través de los sacerdotes, también se ha sugerido que representan a quien hace la ofrenda.





Santuarios Naturales

Existen en todos los pueblos de nativos del altiplano Cundiboyacense: cerros, lagunas, montañas, ríos y terrazas ceremoniales (como son las llamadas desde el siglo XVII Monserrate y Guadalupe; Chía y todos los lugares donde los españoles levantaron iglesias), erigidos en conexión con sus espíritus tutelares (dioses). En algunos casos, por territorialidad y arraigo en el lugar, fueron hechas algunas construcciones ceremoniales y ritualísticas, las cuales se elaboraron con vigas de madera, cubiertas de paja y rastrojo y sobre el piso se colocaban tapetes de junco o esparto.

En algunos relatos hablan de: barbacoas apostadas de trecho en trecho donde permanecían las momias ancestrales; figuras hechas de oro, cobre, arcilla y madera, que representaban dioses por pareja (varón y hembra), les colocaban cabelleras y las envolvían en mantas.

El Templo del Sol en Sugamuxi, fue construido sobre columnas pesadas de guayacán, enterradas sobre pagamentos, porque sabían que se perpetuaban si se hacía de esta manera. Las paredes estaban cubiertas con tapetes de carrizo esmeradamente confeccionados. En la parte alta estaba colgada una gran chaguala circular dorada, que representaba la majestad del astro rey.

El ingreso a estos templos se hace con sumo respeto y reverencia, y se pide por los líderes espirituales y la comunidad para que no falte el agua en sus cultivos. Desde antaño se han ofrendado a los ancestros espirituales tominés y tunjos de oro y esmeraldas (con figuras humanas, de sapos, aves y serpientes). Allí se elaboran cuentas (collares), zarcillos, diademas y brazaletes como acuerdos consigo mismo y la comunidad desde el mundo espíritu. Los pagamentos los chyquy los guardan dentro de las cabezas huecas de animales o en múcuras que luego entierran. Dice Rodríguez Freyle:

«Antes del arribo de los españoles el mundo sagrado del muisca, era rico y complejo en su cultura. Los nativos corrían de cerro en cerro, de laguna en laguna, de divinidad en divinidad, para experimentar más cerca la presencia del divino arcano. Los picos más elevados de las montañas, las lagunas encantadas, las cavernas misteriosas, en todos estos lugares de adoración tienen guardado mucho oro y esmeraldas.»

La construcción de los lugares de encuentro ceremonial y convivencia espiritual (templos) ocasiona una fiesta, al igual cuando un cacique o un miembro de la comunidad construye una nueva casa y/o cercado. El ritual de construcción comprende: el corte de la madera en menguante y en la madrugada; el procesamiento de los materiales para que duren buen tiempo, y el acarreo de los materiales, lapso en el que se hace siembra del fuego, limpias, pagamentos, danzas, cánticos y ofrendas. Desde la antigüedad se ofrece la chicha a los cuatro vientos y se bebe en honor a Nencatacoa, hasta culminar con la inauguración de la edificación; después de la misma, se consagra al espíritu guardián de dicho centro ceremonial.

El templo de refugio de lo femenino o masculino (cósmico) está representado también en los cerros de forma cónica, cuyo atributo (nombre) nos enseña el uso de los mismos; por ejemplo: Monserrate, en Bogotá, es el cerro del Padre Cuchavita Boni, su verdadero atributo es el padre benevolente y sabio que cuida a los habitantes de esta región y, el cerro de Guadalupe, es el cerro de la Madre de Bacatá, guardiana desde lo más alto de la primera tierra que los ancestros muisca nos legaron; el cerro de la parte posterior de estos dos es el cerro de la Madre Guardiana de las Mujeres: Choachí; esta tríada conforma uno de los centros ceremoniales mayores y más grandes de Nativoamérica. En algunas partes de estos territorios hay entradas en forma de cuevas que, al pasar a través de ellas, se realizan los ceremoniales de los avances espirituales de aquellos que han elegido el camino de regreso al Padre/Madre Dios o de los Caminantes Solares, donde el individuo renace y al reencontrarse con su origen supera su condición de divinizar lo humano. Los territorios sagrados y santuarios naturales fueron elegidos en algunos casos para hacer enterramientos de chyquy, tymy, autoridades espirituales y caciques principales, ya que estos lugares tienen una conexión con estrellas y planetas, y también han servido como observatorios astronómicos.

Clasificación

Según los usos y costumbres, desde la antigüedad la comunidad indígena muisca chibcha ha realizado diferentes expresiones místicas, determinando para cada una especiales centros de reunión: unos para realizar festividades, otros para llevar a cabo ceremonias y algunos para actos rituales.

Centros Ritualísticos Mayores

Son lugares cuyos atributos son absolutamente de desarrollo ritualístico y de uso exclusivo de seres preparados para dichas labores. Muchos de estos santuarios se encuentran ubicados en la «tierra de los independientes», que es de donde viene el linaje espiritual de los muisca; la mayoría están en la cordillera oriental, desde Santander hasta Tolima; como las afamadas lagunas sagradas de: Iguaque, Tominé, Fúquene, Neusa y Guasca; también poblaciones como: Chyquynquirá (hoy Chiquinquirá), Zaquenzipa (hoy Villa de Leyva), Ráquira, Simijaca, Susa, Ubaté, Chía, Cota; Facatativa, Bojacá, Usme, Suacha, Funza, Mosquera, etc., además de Ibagüé hasta llegar a Pacandé en el Tolima. Estos lugares por tradición ancestral han sido conocidos de boca a oído y para entrenamiento exclusivo de estos grupos. No son accesibles a todos los habitantes y están dedicados a actos especiales de: limpias, pagamentos; registros espirituales como guerras, calamidades, sequías, inundaciones, temblores; empoderamiento de autoridades civiles o espirituales, ritos de iniciación y, como lugar de preparación de futuros seres espirituales (guías de la comunidad) que dedicarán su vida al camino solar.

Las casas sagradas son construcciones circulares —al igual que las casas de vivienda— con techo de paja, paredes de bareque recubiertas con esteras finamente trabajadas y el suelo cubierto de paja seca y blanda. Las edificaciones se sostienen con astillos (de punta cónica) de maderas finas de guayacán, roble, cedro, en algunos casos traídas de los Llanos o, con maderas propias de la región, y se hincan sobre piedras elaboradas. En la antigüedad eran construcciones muy oscuras, ya que el único acceso que tenían era una puerta baja. Por fuera estaban rodeadas por cercas de madera, de tejido común, provistas de varias puertas de cañas delgadas asidas por cordeles de cabuya para crear el muro de bareque.

Centros Ceremoniales Mayores

Se consideran algunas lagunas que en sus alrededores refugian autoridades espirituales, y se diferencian de las anteriores por celebrarse en ellas ceremonias y ofrendas de carácter local. Destacamos las lagunas de: Fúquene, Tota, Suesca, La Herrera, Ubaté, Tibabuyes y los actuales humedales; asimismo algunos cerros menores alrededor de la sabana cundiboyacense, lo mismo que algunas quebradas cuyos nombres fueron cambiados de manera sincrética como son: la quebrada del Arzobispo, la Vieja, la de Baracio, etc. Otras conservan sus atributos como la quebrada de Yomasa, Fu-Cha, Tunjuelo, Torca y Guaymaral; todas cerca de Bogotá.

Centros Ceremoniales Menores

Comprenden los sitios donde habitan las autoridades civiles o espirituales. Son lugares públicos, de centro político y festivo, con una estructura arquitectónica elaborada y construida con participación de toda la comunidad. Son símbolos del poder de autoridades, al igual que de la sociedad. En su interior se llevaban a cabo festividades de diversos tipos, entre ellas: danzas, intercambio de saberes y orientación de orden social. En la antigüedad fueron centros de actividad económica como el mercado; también sirvieron para defensa o fortaleza militar y el centro o núcleo alrededor del cual se planeaban los convites (minga) para ayudar a ordenar las casas de la gente de la comunidad.

Por la importancia política de dichas autoridades, entraban en esta categoría: el de Bogotá, Tunja, Chía, el de Ramiriquí, Guatavita y el de Ubaque.

Templos Particulares

Son viviendas de autoridades espirituales en las cuales los chyquy se dedican a hacer sus prácticas y entrenan a futuros aspirantes y, además, atienden asuntos particulares. Se incluyen en esta categoría las «Cucas» (casa de conocimiento), Casas de Plumería y centros de entrenamiento espiritual.

Sacrificios Humanos

Las prácticas espirituales muisca contemplaban las ofrendas de humanos, pero es probable que a la llegada de los españoles estos hubieran desaparecido y los relatos sean historias transmitidas por tradición oral, pues no existen testimonios que mencionen un sacrificio humano contemporáneo a la presencia de los españoles.

Jiménez de Quesada anotaba que los muiscas «con sangre humana no sacrifican», excepto por raras ocasiones en las cuales sacrificaban, o bien muchachos panches capturados en guerra o moxas traídos del oriente, en ambos casos, indígenas que no eran muiscas. Fernández Piedrahita en cambio, afirmaba: “Los sacrificios que tenían por más agradables a sus dioses, eran los de sangre humana”.

En todo caso las fuentes coinciden en que hubo un tiempo en que cada familia debía ofrecer un hijo a los chyquy, el cual era criado por ellos como persona sagrada y a los 15 años era sacrificado a Sua, lo que constituía un honor para la familia y para la víctima. Los rituales más corrientes consistían en arrancarles el corazón, o lancearlos.

La muerte había sido creada por los dioses como el paso de un estado a otro. La vida y la muerte estaban representadas en un camino con dos estaciones, a la primera se llegaba con el nacimiento, a la segunda con la muerte. Según la tradición oral nunca se hicieron tales sacrificios humanos, ya que se habla en forma alegórica como la transformación del ser humano y egoísta a un ser trascendido y al servicio de su comunidad, la humanidad y el tejido cósmico de Padre/Madre, donde se dice en algunas ceremonias: «He venido a morir para llegar a la muerte…»; como también se dice cuando se está muy alegre y feliz: «¡Hoy es un buen día para morir!» Todo esto fue lo que escucharon algunos cronistas y lo interpretaron desde su pensamiento eurocentrista y mesiánico.

Fray Pedro Simón interpreta las ideas muiscas sobre la muerte:

«[…] Estos indios esperan el juicio universal, por tradición de sus mayores, diciendo que a la muerte han de resucitar y vivir después para siempre en este mismo mundo, de la suerte que ahora viven porque entienden haber de permanecer siempre en este mundo de la manera que ahora lo vemos. Que las almas son inmortales y que cuando salen de los cuerpos (que solos mueren) ellas bajan al centro de la tierra por unos caminos y barrancas de tierra amarilla y negra, pasando primero por un gran río en unos barcos o balsas de telas de araña… Allá tiene cada cual provincia sus términos y lugares señalados, como acá, donde hallan hechas labranzas, porque en esto no hacen diferencia…»

La inhumación de los muertos con sus pertenencias, comida, bebida, vestidos y telas y, a los destacados socialmente, con sus criados y esposa, se explicaría en la creencia en que el estado nuevo es la repetición simbólica del antiguo.

El fin de la vida producía una especie de arreglo de cuentas; el individuo que estaba a punto de morir era acompañado por sus familiares y lo asistían en este trance.

Algunas crónicas afirman que los caciques eran enterrados bajo tierra, en bóvedas, envueltos en mantas muy finas, previo tratamiento de una resina llamada mocoba, empleada para embalsamar y prolongar la conservación del cuerpo. Los cadáveres reposaban junto con sus joyas, armas, comida, poporo y mochila con el ayo (hoja de coca). Junto a estos, se enterraban a sus principales mujeres y sirvientes, los cuales eran adormecidos y embriagados para no sufrir la angustia de su muerte.


La técnica de momificación era de carácter artificial. Los órganos internos eran extraídos y la cavidad del abdomen y tórax rellenada con piedras preciosas, objetos de oro y algodón; luego el cuerpo era sometido a un proceso de secamiento, suspendiéndolo sobre el calor de una hoguera. Después envueltos en mantas finas de algodón los colocaban en templos o cavernas secretas junto a su ajuar.








La momificación está asociada a los individuos de alto estatus o personajes destacados de la comunidad, como caciques, sacerdotes y guerreros. Simón señala que a los principales se les momificaba, se colocaba en cuevas y ofrendaba majestuosamente con oro, esmeraldas puestas en ojos, narices, boca y ombligo. Fernández de Oviedo cuenta el empleo de los cuerpos momificados de guerreros, llevados alzados en las guerras, para que su presencia transmitiera valentía a los vivos.

Las ceremonias de duelo posterior a la muerte variaban según la región y la clase social del muerto, las tumbas se adornaban con un completo ajuar funerario conformado por los utensilios o prendas que caracterizaban al personaje en vida, vasijas con provisiones de maíz, chicha y otros alimentos, adornos, mantas, armas y herramientas. La riqueza de cada individuo en vida se reflejaba en la que acompañaba al difunto en su última morada.

En ocasiones importantes se realizaban reuniones durante los seis días después del entierro y a veces varios años después, para el aniversario, con grandes fiestas donde se consumía chicha y se masticaba coca; el cadáver alcanzaba su pureza y el espíritu llegaba a su destino: la otra vida; los duelistas entonces regresaban a su vida normal.

Había «muertes buenas», cuando el deceso era producido por enfermedades o accidentes que ellos conocían, y «muertes malas» cuando la causa era ignorada o resultado de los castigos recibidos por la trasgresión a las normas establecidas.

Las urnas funerarias, eran de cerámica doméstica reutilizada, en general albergaban los cadáveres de niños pequeños, aunque también hay asociaciones con adultos.

Los hallazgos de 2007 al 2014, como la gran necrópolis (30 hectáreas) de Usme, sur de Bogotá; Hacienda La Esperanza, Terreros, Tibanica y Canoas (en Suacha) permitirán un mayor conocimiento de las costumbres funerarias muiscas. Se han encontrado evidencias de fosas ovales y circulares, enterramientos en urnas funerarias, sepulcros individuales y colectivos, y otros que señalan desmembramientos.


Momia de un sacerdote hallada en Pisba, data de finales del siglo XVI cuando los españoles dominaban el territorio; este entierro tradicional muestra la resistencia muisca a la aculturación.











En el 2007 se encontró un cementerio con más de 1.500 túmulos en Usme, sur de Bogotá. En la foto hallazgos del 2010,
A la izquierda entrada a la cueva utilizada como cementerio en Guatavita.

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El hallazgo, el más importante de los últimos años, fue hecho cuando se construía una urbanización de interés social. Los restos tienen 800 años, según arqueólogos de la Universidad de los Andes.

A finales del 2010, en el sector de Canoas (Soacha), cerca del Salto del Tequendama, que era un lugar sagrado para los muiscas, un grupo de investigadores del que hacía protagonizó uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del país.
En esa zona, donde hoy el Grupo EPM construye la subcentral eléctrica de Nueva Esperanza, se encontraron vestigios de una sociedad que habitó esta región entre el año 900 a. C. (periodo Herrera o Premuisca) hasta la llegada de los españoles (siglo XVI).

Hallazgo muisca en Boyacá
Restos de humanos y de animales, partes de vasijas en cerámica, agujas en hueso y otros utensilios utilizados al parecer por la cultura muisca fueron hallados en unas excavaciones en el barrio Santa Ana Mochacá, centro histórico de Sogamoso (Boyacá).

Fuentes:

armeijueiro.blogspot.com
www.revistas.unal.edu.co
Tradición oral, Consejo de Mayores Cabildo Muisca Chibcha de Bacatá.